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De los «taris» egipcios a los naipes piamonteses

Muchas son las leyendas sobre el origen del «tarot». Un hecho parece cierto: el uso de los naipes en Europa es anterior al año 1240, cuando el sínodo de Worchester prohibió, bajo pena de galera perpetua, el juego de las cartas, llamado entonces «Rey y Reina». Se discute, no obstante, si fueron los franceses, los italianos, los españoles o los alemanes quienes introdujeron este juego en Europa. Los franceses afirman que fueron ellos y dan como base de tal aseveración, la siguiente prueba: Jaquemin Grigonneur, pintor de la corte, recibió el encargo de Carlos Poussart, joyero de Carlos VI, de dibujar tres juegos de cartas en color, con la promesa de cincuenta sueldos. Se intentaba con esta nueva diversión (si bien no dice la historia si se consiguió el objetivo) distraer y levantar el ánimo del rey en la época de su locura. Según los alemanes fue Germanía el primer país de Europa que conoció el juego de las cartas. Así consta en un antiguo libro titulado «Juego de Oro», publicado poco después del descubrimiento de la imprenta en el año 1472, en Leipzig.
El abate Rives, por su parte, sostiene que fue España el primer país de Europa que manejó las cartas y señala incluso la fecha exacta de su «importación» desde Oriente: el año 1330. Fue en este mismo año que el maestro Nicolás Pepín adaptó el juego egipcio a las cartas españolas. Otro abad, el de Longuerre, dice, en fin, que las cartas nacieron en Italia, pero no aduce ningún argumento válido para probar su tesis.
¿Cuál fue, pues, el origen de las cartas? Fueron probablemente los egipcios quienes las inventaron y, más concretamente, debió de ser un Faraón quien, en tiempo de carestía, ideó este juego para distraer el hambre de sus súbditos. El juego de las cartas, que se llamaba entonces el «libro de Thot», estaba compuesto de 78 láminas de oro purísimo, en las que estaban incisos jeroglíficos y números mágicos que los padres explicaban a sus hijos todos los días. Consignamos aquí, como una rara curiosidad, que el libro de Thot fue el único «superviviente» que escapó de la furia de Omar, cuando éste prendió fuego a la célebre biblioteca de Alejandría en Egipto que contenía todos los libros sagrados escritos en papiros. El primero que intentó desvelar los misteriosos símbolos y jeroglíficos contenidos en el libro de Thot fue el célebre orientalista Guillaume Postel. Esta búsqueda le costó muy cara: pagó con la locura la explicación y el significado de las figuras y de los símbolos contenidos en el sagrado texto egipcio. Pero antes de enloquecer consiguió publicar una verdadera obra maestra titulada «Llave de las cosas ocultas», fechada en el año 1540.
Debemos, pues, a los egipcios el arte de echar las cartas, es decir, el método de desvelar, por este medio, el presente y el futuro.